El viento que rompe techos y el viento que nadie aprovecha: la paradoja energética del Chaco paraguayo

Hace apenas dos semanas, en Filadelfia, el viento arrancó parte del techo de una vivienda y lo lanzó contra la casa vecina. Una mujer resultó con lesiones leves. La intendencia tuvo que declarar alerta amarilla por ráfagas que superaron los 70 km/h, y pidió a la población asegurar chapas y alejarse de las ventanas. No fue un hecho aislado: ese mismo fin de semana de julio, la Dirección de Meteorología e Hidrología (DMH) advertía ráfagas de hasta 90 km/h para el oeste de la Región Occidental, con Boquerón, Presidente Hayes y Alto Paraguay entre los departamentos bajo alerta.

En redes sociales, a estos episodios ya les pusieron nombre: «viento tarova» —tarova, «loco» en guaraní—, la forma popular de describir las rachas de viento norte descontroladas que, según los meteorólogos, son «típicas» de la época invernal en esta parte del continente, sobre todo en agosto. Y ahí aparece la primera paradoja que vale la pena señalar: ese mismo viento que rompe techos, tira árboles y corta el suministro eléctrico en el Chaco es, según estudios que se vienen acumulando hace más de quince años, uno de los recursos energéticos menos aprovechados del país.

De dónde viene el viento que golpea al Chaco

El fenómeno tiene una explicación meteorológica concreta. Según explicó a ABC Color el meteorólogo Diego Ayala, el llamado viento tarova responde a la interacción entre un sistema de baja presión ubicado en el noreste argentino y un sistema de alta presión sobre el océano Atlántico: «Estos dos sistemas, al estar bien establecidos, crean como un callejón de vientos muy intensos», explicó. El fenómeno no es exclusivo de Paraguay: afecta también a zonas de Argentina y Brasil, y es particularmente marcado en el Chaco por su posición geográfica y la ausencia de accidentes del relieve que frenen el paso del aire.

Pero hay una segunda causa, esta no meteorológica sino humana, que amplifica el problema: la deforestación. El Chaco paraguayo pierde bosque a un ritmo estimado de 650 hectáreas por día, uno de los más altos del planeta. Y el bosque no es solo paisaje: es la barrera física que frena el viento a ras de suelo. Sin cobertura forestal, el viento erosiona con más fuerza una tierra que, según especialistas ambientales, ya de por sí es joven y frágil —formada en gran parte por sedimentos arrastrados por el propio viento—, acelerando el desplazamiento de médanos y el avance de la desertificación en algunas zonas del Chaco Central y Occidental. Es, en cierto modo, un círculo que se retroalimenta: se desmonta para ganar tierra productiva, y el viento, sin nada que lo frene, le devuelve el favor erosionando esa misma tierra.

Las consecuencias que ya estamos viendo

Los efectos inmediatos son los más visibles: techos volados, cortes de electricidad y de agua (en localidades como Bahía Negra, castigada por apagones frecuentes), caminos de tierra vueltos intransitables por el «talcal» —esa nube de polvo fino en suspensión que reduce la visibilidad y es parte del paisaje habitual de la época seca en el Chaco—, y una carga extra sobre la infraestructura vial que, según reportamos en esta misma redacción, ya arrastra un déficit crónico de caminos «de todo tiempo» en Alto Paraguay.

A mediano plazo, el costo es ambiental y productivo: pérdida de suelo fértil, avance de zonas degradadas y mayor vulnerabilidad de las comunidades —muchas de ellas indígenas— que dependen de la agricultura de subsistencia y del monte para vivir.

El recurso que el Chaco tiene y el país no usa

Y sin embargo, ese mismo viento es, según todos los estudios técnicos disponibles, uno de los mayores activos energéticos con los que cuenta Paraguay. El oeste del Chaco —particularmente el departamento de Boquerón y el norte de Alto Paraguay— registra velocidades promedio de viento de hasta 6,5 metros por segundo a 60 metros de altura, con un potencial estimado de entre 3.313 y 4.143 kWh por metro cuadrado según mediciones del Centro de Innovación en Tecnologías Energéticas (CITE) del Parque Tecnológico Itaipú. Se trata, según los propios técnicos del sector, de condiciones «ideales» para parques eólicos de mediano porte, favorecidas además por la cercanía de la Cordillera de los Andes, que condiciona el movimiento de las masas de aire.

El dato incómodo es que este diagnóstico no es nuevo. Ya en 2009, investigadores de la Universidad Católica de Asunción documentaban el potencial eólico del Chaco para electrificación rural. En 2016, un estudio del PTI volvía a señalar a Boquerón y el norte de Alto Paraguay como la mejor zona del país para instalar parques eólicos, y mencionaba un proyecto de central fotovoltaica pensado específicamente para paliar los apagones de Bahía Negra. Una década y media después, la Asociación Paraguaya de Energías Renovables (APER) sigue hablando de «estudios preliminares» y «potencial aprovechable» en el mismo tono exploratorio de siempre. Hoy, el sistema eléctrico nacional depende en un 99,7% de la hidroenergía. La generación eólica en la matriz energética paraguaya es, directamente, cero.

Una ironía que tiene nombre y apellido

Ahí está, entonces, la paradoja central: mientras cada invierno el viento tarova arranca techos y corta la luz en comunidades del Chaco que ya de por sí sufren un servicio eléctrico débil e intermitente, ese mismo viento —conködigo técnico y mapas de potencial ya elaborados por instituciones del propio Estado— podría estar generando la energía que a esas comunidades les falta. No se trata de una tecnología exótica ni de una apuesta especulativa: es un recurso medido, cuantificado y confirmado una y otra vez desde hace más de una década, que sigue esperando la inversión, la línea de transmisión o la decisión política que lo baje de los informes técnicos al territorio.

Con la demanda energética nacional creciendo (18% entre 2023 y 2024, según cifras del sector) y proyecciones que anticipan déficit hacia 2030, el Chaco tiene, literalmente, una parte de la respuesta soplando sobre su propio territorio. La pregunta que deja planteada esta nota no es si el viento del Chaco sirve para algo más que romper techos —la evidencia técnica ya contestó eso hace años— sino cuánto tiempo más va a pasar antes de que alguien decida usarla.

Fuentes: Dirección de Meteorología e Hidrología (DMH), ABC Color, Última Hora, La Nación, Parque Tecnológico Itaipú (PTI), Asociación Paraguaya de Energías Renovables (APER), Universidad Católica de Asunción, Mongabay Latam, NODAL.