Mientras en Asunción se festeja la fortaleza del guaraní, cuando el dólar volvió a retroceder y llegó a G. 5.980 en el mercado de cambios efectivo, con el Banco Central proyectando que se mantenga cerca de G. 6.000 en agosto y cierre el año en torno a G. 6.150, en el Chaco la lectura es distinta según de qué lado del mostrador se esté parado.
Productores que cobran en dólares, gastan en guaraníes
El caso más citado es el de la ganadería, pero el mecanismo es el mismo para cualquier rubro de exportación chaqueño, incluido el sésamo que trabajan las comunidades indígenas. El presidente de la Asociación Rural del Paraguay lo resumió con claridad: la mayor parte de los ingresos de la cadena cárnica proviene de exportaciones en dólares, mientras buena parte de los costos del productor —salarios, combustibles, servicios, impuestos— se afronta en guaraníes. Con el dólar cayendo, cada exportación rinde menos guaraníes, aunque el precio internacional del producto no haya bajado.
Para las familias indígenas del Chaco Central que producen sésamo confitero de forma artesanal —uno de sus principales rubros de renta junto al poroto—, la lógica es idéntica pero con menos margen de maniobra: no tienen escala para cubrirse financieramente ni diversificar mercados como sí pueden hacerlo las cooperativas menonitas o las grandes exportadoras. Y el contexto internacional no ayuda: pese al buen volumen exportado, la última campaña de sésamo dejó resultados económicos por debajo de lo esperado por los menores precios internacionales. Un productor indígena que vende su cosecha en un momento de precio internacional flojo y guaraní fuerte recibe un doble golpe: menos dólares por su producto y menos guaraníes por cada dólar.
La promesa que no llega al changuito
La contracara debería ser un alivio en el costo de vida, ya que un dólar más barato abarata en teoría las importaciones. Pero ese alivio no se traslada igual a todos los rubros. Según el Centro de Importadores del Paraguay, apenas el 25% de los productos de la canasta básica familiar vendidos en supermercados está compuesto por bienes importados, y dentro de eso, Brasil concentra el 52% de lo que se trae para ese fin. El resto —carne, verduras, mandioca, productos frescos— se rige por su propia dinámica de oferta y demanda local, no por el tipo de cambio.
Esto explica un dato clave para el análisis social: en enero de 2026, la inflación mensual fue de 0,6% y estuvo empujada justamente por la suba de alimentos básicos como el tomate, la mandioca y la carne. Es decir, mientras el dólar caía, lo que efectivamente comen las familias chaqueñas —indígenas y no indígenas— seguía encareciéndose. Y en 2025, pese a una inflación anual moderada, los alimentos acumularon una suba del 7,1%, muy por encima del índice general.
Además, los importadores no trasladan la baja del dólar de inmediato: prefieren mantener un «colchón» de precios ante una eventual suba brusca, algo razonable si se considera que se espera que el dólar pueda repuntar hacia los G. 6.700 hacia fin de 2026. El resultado es una asimetría que golpea dos veces a las comunidades indígenas productoras: reciben menos por lo que venden (sésamo, poroto, mano de obra rural) y no reciben, o reciben tarde y parcialmente, el alivio en lo que compran, sobre todo en alimentos frescos que no están sujetos al tipo de cambio.
Un desequilibrio que ya venía de antes
A esta ecuación cambiaria se suma una desigualdad estructural que la coyuntura del dólar no crea, pero sí profundiza: el acceso desigual a infraestructura y mercados. Organizaciones que trabajan con pueblos indígenas del Chaco vienen señalando que, mientras se invierten millones de dólares en rutas como la Bioceánica para mejorar el transporte de las grandes producciones, la población indígena sigue sin caminos transitables para sacar su propia cosecha o acceder a mercados en condiciones justas. Un pequeño productor que ya paga sobrecostos logísticos para llegar a un comprador siente con más fuerza cualquier caída en el precio final que recibe por su sésamo.
Para el análisis de Chaco Sin Fronteras
El ángulo social más fuerte, entonces, no es «el dólar baja y todos ganan» ni «el dólar baja y todos pierden», sino la asimetría entre quién exporta y quién consume dentro de la misma familia indígena chaqueña: muchas veces es el mismo hogar el que vende sésamo a precio dólar-guaraní desfavorable y compra alimentos que no bajan aunque el dólar caiga. Ese contraste —entre la macroeconomía que celebra la apreciación del guaraní y el changuito que no se abarata— es el que puede anclar una nota con enfoque social, distinta de las coberturas centradas solo en el sector ganadero exportador.


